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LA COMPLEJIDAD DE LO SENCILLO

Esta pintura no es lo que parece. Su sencillez no es simplicidad. Sencillo es lo que contiene todo de una manera sobria y simbólica, lo que no precisa de detalles porque ha sabido sintetizar. En definitiva, porque lo que se dice está basado en la experiencia del mundo que lo resume.
Esta pintura no dice sólo lo que se ve, lo que no se ve también está presente. Hay una escritura que sólo el pintor conoce, unas referencias a un mundo que tal vez intuimos, pero que no es el nuestro, es el suyo. Éste estar y no estar es lo que la hace sugerente, lo que mueve al espectador a preguntarse qué hay detrás de las veladuras, a qué responden esas manchas que parecen flores, esos libros siempre abiertos a los que no podemos acceder como si el tiempo, que todo lo aniquila, velase en ellos un futuro imposible. Aparecen diferenciados dos espacios: arriba, las flores, las elipses; abajo, los libros abiertos, las páginas escritas, lo evanescente. Lo que está arriba, nos habla de los deseos, de trascendencia, de la posibilidad de habitar otro mundo sin abandonar éste. Es el libro, su lectura, la que provoca, al mismo tiempo que lo refleja, ese deseo de lo otro, de lo vació, de la nada. El hilo conductor entre un mundo y otro es el amor, la compasión, lo que nos hace desprendernos del yo para poder ser otro, los otros.

Esta pintura es una pintura solidaria, amorosa, ensimismada, donde la caligrafía de las lecturas se posesiona del espacio del cuadro y lo leído impregna de alguna manera, que no sabríamos definir, los pigmentos, el trazo, la composición.

Esta pintura acoge otros lenguajes, es una pintura que acepta lo mestizo y es justamente esa apertura la que le da profundidad y la hace compleja.

Daniel Arenas.
Escritor y critico de arte.
Valencia. 3-1-2003

 

TRANSMUTACIÓN

Una mesa, un jarrón, unas telas, unas flores, unas frutas y el mar al fondo, o la sierra, una cómoda, o las manos de una fantasmal figura blanca aferrándose a un ramo, como para evitar regresar al lugar misterioso de donde procede. Espuma de olas salpicando las flores, flores sutiles “salpicando” este mundo de perfumes inciertos, materia astral cubriendo los lienzos, y detrás de todo ello, el gran mago alquimista extrayendo todo el caos, de la nada; pero sobre todo, del alma, la gran creadora de ilusiones, esa hermosa alma que le incita a pintar deliciosos paisajes con olor a tomillo y cantueso. Fermín cose, pega, raspa, lija, arranca, frota, pinta, acaricia y se entrega a la obra y la obra se entrega a él, y de esta unión surgen esas hermosas naturalezas, creadas con materia y pintura y sin embargo etéreas, espirituales como humo de sándalo, como espejismos a punto de desvanecerse, como blancas gaviotas perdiéndose en el horizonte de un mar azul.

Fermín Navarro, mediterráneo hasta la médula, pintor de atmósferas y soledades, toma esas humildes y pequeñas cosas cotidianas, a las que no prestamos atención ni damos importancia porque las vemos a menudo, y las “re-crea”. Las transforma y nos las muestra impregnadas de amor, de ilusión, de belleza, para que nos paremos ante ellas, las observemos y las disfrutemos, y tal vez, si estamos atentos, la transmutación ocurra en nosotros.

José Agulló
Pintor